El valor de un tratado evangelístico

¡Cuán importante es la entrega de los folletos evangelísticos! A continuación tendrás una pequeña historia, conocida como “El hijo del pastor”.

Resulta que todos los domingos, después del servicio de Escuela Dominical en la iglesia, un pastor y su hijo de 10 años iban al pueblo a repartir volantes a cada persona que veían. Ese domingo en particular, cuando llegó la hora de ir al pueblo, el tiempo estaba muy frío y comenzó a lloviznar. El niño se puso su ropa para el frío y le dijo a su padre, “estoy listo papá”. El pastor, respondió, “¿listo para qué?”. Papá, es hora de ir a repartir los volantes”. El papá dijo, hijo, está muy frío y lloviznando afuera, el niño miró sorprendido a su padre y le dijo, pero papá, la gente se está yendo al infierno aún en los días lluviosos. El papá contestó, hijo yo no voy a ir con este tiempo.

Con desespero, el niño preguntó, papá, ¿puedo ir yo solo? ¡Por favor! Su padre titubeó por un momento y dijo, hijo, puedes ir. Aquí están los volantes, tenga cuidado. El chiquillo se fue debajo de la lluvia, caminó todas las calles del pueblo, repartiendo los volantes a las personas que veía, después de 2 horas caminando bajo la lluvia, con frío y su último volante en mano, se detuvo en una esquina y miró a ver si veía a alguien a quien darle el volante, pero las calles estaban totalmente desiertas. Entonces se viró hacia la primera casa que vio, caminó hasta la puerta del frente, tocó el timbre varias veces y esperó, pero nadie salió.

Finalmente el niño se volteó para irse, pero algo lo detuvo. Él giró nuevamente hacia la puerta y comenzó a tocar el timbre y a golpear la puerta fuertemente. Ahí seguía esperando, algo lo detenía frente a la puerta. Tocó nuevamente el timbre y esta vez la puerta se abrió suavemente. Salió una señora con una mirada muy triste y le preguntó, ¿qué puedo hacer por usted, hijo? Con unos ojos radiantes y una sonrisa que le cortaba las palabras, el niño dijo, señora, lo siento si la molesté, pero sólo quiero decirle que Jesús realmente la ama y vine para darle mi último volante, que habla sobre nuestro Señor. El niño le dio el volante y se fue. Ella solo atinó a decirle gracias hijo que Dios lo bendiga.

Pues bien, el domingo siguiente por la mañana el pastor estaba en el púlpito y cuando comenzó el servicio preguntó, alguien tiene un testimonio que quiera compartir. Suavemente, en la fila de atrás de la iglesia, una señora mayor se puso de pie. Cuando empezó a hablar, una mirada radiante y gloriosa brotaba de sus ojos, “nadie en esta iglesia me conoce.. Nunca había estado aquí, incluso todavía el domingo pasado no era Cristiana. Mi esposo murió hace un tiempo dejándome totalmente sola en este mundo. El domingo pasado fue un día particularmente frío y lluvioso, y también lo fue en mi corazón; ese día llegué al final del camino, ya que no tenía esperanza alguna ni ganas de vivir. Entonces tomé una silla y una soga y subí al ático de mi casa. Amarré y aseguré bien un extremo de la soga a las vigas del techo; me subí a la silla y puse el otro extremo de la soga alrededor de mi cuello. Parada en la silla, sola y con el corazón destrozado, estaba a punto de tirarme cuando de repente escuché el sonido fuerte del timbre de la puerta. Esperé un minuto y pensé quien quiera que sea se irá pronto.

Esperé y esperé, pero el timbre de la puerta cada vez era más insistente, y luego la persona comenzó a golpear con fuerza. Entonces me pregunté, ¿quién podrá ser? Jamás nadie toca mi puerta ni vienen a verme. Solté la soga de mi cuello y fui a la puerta, mientras el timbre seguía sonando cada vez con mayor insistencia.

Cuando abrí no podía creer lo que veían mis ojos, frente a la puerta estaba el más radiante y angelical niño que jamás había visto. Su sonrisa, ohhh, nunca podré describirla. Las palabras que salieron de su boca hicieron que mi corazón, muerto hace tanto tiempo, volviera a la vida, cuando dijo con voz de angelito, señora, sólo quiero decirle que Jesús realmente la ama.

Cuando el pequeño ángel desapareció entre el frío y la lluvia, cerré la puerta y leí cada palabra del volante, inmediatamente fui al ático para quitar la silla y la soga. Ya no las necesitaría más. Como ven… ahora soy una hija feliz del Rey. Como la dirección de la iglesia estaba en la parte de atrás del volante, vine personalmente decirle gracias a ese pequeño ángel de Dios que llegó justo a tiempo y, de hecho, a rescatar mi vida de una eternidad en el infierno.

Todos lloraban en la iglesia, y le daban gloria y honor al Rey de reyes. El pastor bajó del púlpito hasta la primera banca del frente, donde estaba sentado aquel pequeño ángel; tomó a su hijo en los brazos y lloró incontrolablemente… Por favor no permita que este mensaje “muera de frío”; después de leerlo, páselo a otros.

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